Protesta de Baraguá, ejemplo de intransigencia revolucionaria

Sobre la Protesta de Baraguá años después diría José Martí que “es de lo más glorioso de nuestra historia”
Protesta de Baraguá, ejemplo de intransigencia revolucionaria

A inicios de 1878 parecía que los patriotas cubanos cederían definitivamente ante la metrópoli colonial después de casi una década de guerra, iniciada el 10 de octubre de 1868, pero a pesar de la gran desproporción de fuerzas y recursos bélicos entre los contendientes, las verdaderas razones del optimismo ibérico radicaban esencialmente en una triste realidad.

Tal circunstancia hizo escribir a Máximo Gómez en su Diario de Campaña: “Se nota una desmoralización completa y los ánimos todos están sobrecogidos; tanto por las operaciones constantes del enemigo como por la división de los cubanos”.

También Tomás Estrada Palma, presidente de la República en Armas, resultó apresado por una delación, y su sustituto Francisco Javier de Céspedes renunció al cargo, al tiempo que Gómez dimitió como Secretario de la Guerra. La insurrección prácticamente estaba descabezada de sus órganos de dirección y todo era favorable para que tomara fuerza el Pacto del Zanjón.

Correspondió al General español Arsenio Martínez Campos aplicar un cambio de estrategia, que hoy llamaríamos de poder suave o inteligente de acuerdo con los términos en uso, y explotar la difícil situación creada entre los patriotas. Fue así que concibió lo que mejor sabía hacer ya que no alcanzó mayor gloria en el campo de batalla, pero fue inteligente y hábil en aprovechar la desunión, el cansancio y la traición para abrir el camino a la rendición.

Martínez Campos contactó a muchos jefes -la mayoría de origen acomodado que habían perdido sus bienes en la contienda- con propuestas de paz, de integración a una sociedad colonial reformada con esperanzas de resarcimiento económico para la Isla, pero sin independencia, ni abolición de la esclavitud, y convenció a quienes se mostraban cansados de la guerra.

Seguro del éxito en culminar su tarea y con las condiciones del Pacto del Zanjón en la alforja de su caballo, emprendió el 15 de marzo de 1878 el camino a Mangos de Baraguá, en el oriente de la Isla, para encontrarse con Antonio Maceo, el último de los principales jefes que era imprescindible sumar al tratado.

El General hispano, formado en la añejada y racista aristocracia militar colonial, a pesar de conocer el extraordinario ingenio del Titán de Bronce, no podía aquilatar la verdadera estatura histórica y moral de aquel mulato de origen humilde que fue ascendiendo en la escala de mando a fuerza de valentía e inteligencia y al cual evitaba nombrar por su grado y lo calificaba de cabecilla.

Para Martínez Campos, la estrategia consistía en impresionar a su interlocutor, reconocer con palabras altisonantes su sacrificio, pero sin dejar de calificarlo como inútil, y defender las posibilidades de una paz digna con España a cambio de dudosas promesas de reformas. Tras esa introducción, desplegaría el documento con las condiciones del Pacto del Zanjón, listo para que fuera firmado por Maceo.

El prócer mambí trastocó el guión del jefe español y, sin esperar por más formalidades, le comunicó el desacuerdo con el pacto, porque no establecía la independencia de Cuba ni la abolición de la esclavitud.

— Pero es que ustedes no conocen las bases del convenio del Zanjón, le acotó Martínez Campos.

— Sí, interrumpió Maceo, y “porque las conocemos es que no estamos de acuerdo con lo pactado en el Zanjón; no creemos que las condiciones allí estipuladas justifiquen la rendición después del rudo batallar por una idea durante diez años y deseo evitarle la molestia de que continúe sus explicaciones porque aquí no se aceptan”.

De todas formas el militar ibérico trató de leer el documento, pero Maceo se lo impidió:

— Guarde usted ese documento, que no queremos saber de él.

Según testigos del hecho, Martínez Campos se vio desconcertado ante tal actitud que evidentemente no estaba en sus planes y lo único que acordó en la entrevista fue el reinicio de las hostilidades en un plazo de ocho días para que las tropas pudieran regresar a sus respectivos territorios.

Fue entonces que la tensión se rompió cuando el capitán cubano Fulgencio Duarte exclamó: “¡Muchachos, el 23 se rompe el corojo!”, mientras Martínez Campos espoleó su caballo y partió a galope del lugar.

Y a pesar de que el Titán de Bronce y sus compañeros tenían escasas posibilidades de seguir las operaciones militares, dejó bien claro que los verdaderos patriotas no renunciarían al ideal independentista por el que llevaron a cabo la Guerra de los Diez Años.

Hasta aquí la conocida anécdota histórica que han venerado generación tras generación de cubanos.

Sobre la Protesta de Baraguá años después diría José Martí que “es de lo más glorioso de nuestra historia”.

Además de salvar la Revolución del fracaso político e ideológico, la intransigencia revolucionaria mostrada en la Protesta de Baraguá convirtió aquella paz espuria en la ”tregua fecunda” que siguió a 1878, y que fue una etapa histórica en la cual Martí creó el Partido Revolucionario Cubano e hizo posible la Guerra Necesaria de 1895.

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