La alborada del 30 de noviembre de 1956

La alborada del 30 de noviembre de 1956

Santiago de Cuba, 28 nov.— El reloj de la Alameda ya no sigue al tiempo. Quedó varado en una hora incierta cuando sus mecanismos se atascaron en día momento remoto e intrascendente. Sin embargo, para los santiagueros, siempre marcará las 7 de la mañana.

Era esa la hora exacta cuando una marea verdeolivo atacó la antigua sede de la Policía Marítima, el único objetivo exitoso del Levantamiento Armado del 30 de noviembre de 1956. Pero este sitio era solo una parte del circuíto que sincronizaba puntos estratégicos de la vieja ciudad: el Cuartel Moncada, la Prisión de Boniato y la Armería, no eran los únicos.

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Foto: Autor

La pintoresca barriada del Tivolí se asoma a Santiago de Cuba desde las alturas. La casona que fuera sede de la Jefatura de la Policía Nacional, corona la Loma del Intendente. Sus balcones afrancesados son hoy un apacible sitio para observar la urbe. Entre techos quejumbrosos y cúpulas majestuosas, se solaza una historia de coraje.

Hace 62 años también era viernes cuando debía arribar, por Playa Las Coloradas, el Yate Granma y a bordo la promesa del triunfo. El Comando en Santiago debía despejar el camino.

En apenas tres horas se dispararon cientos de municiones y se lanzaron 40 botellas incendiarias para distraer a los efectivos batistianos. No eran muchos los recursos con que contaban los clandestinos al mando de Frank País. La mayoría de ellos era resultado de la inventiva propia y del sacrificio.

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Foto: Autor

En el Museo de la Lucha Clandestina hay mucho más que lo que se pudo recuperar de aquella mañana aciaga. Los niños de la zona conviven con esta historia y lo que ella representa, como un hecho cotidiano. Escuchan en la escuela sobre el arrojo de Pepito, Tony y Otto y luego palpan aquí sus pertenencias.

Un año tras otro, reeditan la alborada del 30 de noviembre, sin disparos, ni fusiles. Recuerdan a los caídos y sus hazañas; aquel manojo de jóvenes ni olvidados ni muertos que tomaron por asalto la ciudad dormida y le ataron un brazalete rojinegro.

Cada 30 de noviembre se vindica el triunfo posible, prolongado en el tiempo por la grandeza de un pueblo que resguarda la memoria heróica de sus mejores hijos.

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