En Cuba no se puede bajar la guardia
La larga historia de agresiones del imperialismo estadounidense en el Caribe y América Latina es demasiado conocida y extensa como para sorprender a nadie, de ahí que resulte acertada la enérgica condena del Gobierno cubano, expresada a través del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), por el reciente despliegue de fuerzas militares de Estados Unidos en el mar Caribe: una acción peligrosa que constituye una seria amenaza y una demostración de fuerza que vulnera la soberanía y el derecho a la autodeterminación de los pueblos de la región.
Ahora el pretexto es Venezuela: que si se trata de un “estado narcotraficante”, que si representa una “amenaza inusual y extraordinaria” para los intereses nacionales de Estados Unidos; nada nuevo. Washington ha recurrido a justificaciones similares en distintas épocas, basta recordar que, en junio de 1898, bajo el argumento de “ayudar” a Cuba en su lucha contra el colonialismo español, desembarcaron tropas en la playa de Daiquirí y poco después impidieron que el Ejército Libertador entrara en Santiago de Cuba.
Más de un siglo después, la política imperial se mantiene intacta. En enero de 2021, a pocos días de abandonar la Casa Blanca, Donald Trump incluyó a Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo, una medida injusta que su sucesor, Joe Biden, mantuvo hasta apenas seis días antes de concluir su mandato, el pasado 20 de enero, cuando Trump regresó al poder.
Los cubanos no olvidan que fue este mismo brabucón quien, en su anterior gestión, impuso 243 medidas para reforzar el bloqueo, y ahora, sus aliados más cercanos, Marco Rubio, Carlos Giménez y María Elvira Salazar, entre otros, se han encargado de presionar para que la Isla permanezca en esa lista siniestra de naciones castigadas.
Cuba convive al lado de ese poderoso vecino, los Estados Unidos, cuyo pueblo en gran medida es generoso y pacífico, pero cuyas élites políticas, militares y gubernamentales siguen aferradas a la doctrina imperial y al empeño de destruir la Revolución cubana. Por eso, toda acción encaminada a la defensa y preparación frente a amenazas y posibles agresiones, nunca será excesiva.
La historia de guerras, invasiones y desestabilización que el imperialismo estadounidense ha tejido en el mundo, junto a su política de financiamiento a mercenarios y grupos internos, choca con la firme decisión de la mayoría del pueblo cubano de no dejarse arrebatar sus conquistas. Ojalá lo que hasta ahora no ha ocurrido permanezca solo como un mal recuerdo.

Cuba, nación de hombres y mujeres de bien, proclama que la guerra perpetúa la miseria y debe cesar; y desea, de todo corazón, que se eliminen también las amenazas contra Venezuela.
Los cubanos, además, no olvidan la intervención norteamericana en la guerra hispano–cubano–americana ni la invasión por Playa Girón.
Su aspiración es que prevalezcan la inteligencia, la negociación y la vía política en la solución de cualquier conflicto, interno o externo, y no la violencia.
Ese es el principal anhelo, pero por principio y por soberanía, Cuba no puede bajar la guardia.