En Santiago de Cuba, un 7 de abril de 1930, en el seno de una familia de clase media acomodada, donde su padre era el director gerente de la Bacardí; se aseguraba el sustento y los valores éticos marcaban el alma.
Así nació Vilma Lucila Espín Guillois. Hija de José, subdirector gerente de aquella empresa emblemática, y de Margarita, descendiente de franceses. Fue la segunda de seis hermanos.
Nadie imaginó entonces que aquella niña santiaguera se convertiría en una de las voces más serenas y profundas de la Revolución Cubana.
Antes del triunfo de 1959, Vilma ya estaba en la clandestinidad. Se sumó al Movimiento 26 de Julio, el mismo que honraba el asalto al cuartel Moncada. No llevaba fusil, sino convicción. Y cuando la Revolución bajó de la Sierra, ella supo que faltaba lo más difícil: transformar la vida cotidiana de las mujeres.
En 1963 fundó —y presidió hasta su muerte en 2007— la Federación de Mujeres Cubanas. No fue un cargo: fue un cuerpo colectivo donde miles de mujeres aprendieron a organizarse, a denunciar el patriarcado y a construir, desde lo pequeño, un socialismo más justo.
Vilma solía decir que las mujeres son “una revolución dentro de la revolución”. Porque no solo acompañaron el cambio: lo profundizaron.
Y lo hicieron con una autoridad moral que nunca necesitó gritar.Quienes la conocieron la recuerdan serena, respetuosa de la diversidad y fiel a una idea simple: ningún proyecto de justicia social está completo si la mitad del mundo sigue siendo invisible.
Hoy, feministas de todo el mundo miran a Cuba y ven el rastro de Vilma. No como una estatua, sino como un método: cambiar la sociedad, empezando por la casa.