Hay vidas que se cuentan por batallas. Otras, por los silencios tras el deber cumplido. La del Comandante Ramiro Valdés Menéndez, que este 28 de abril sopla 94 velas, se cuenta por un hilo de lealtad tejido desde la juventud misma de la Revolución.
Era casi un muchacho cuando asaltó el Moncada, y apenas un joven cuando desafió las aguas del Golfo a bordo del Granma. En la Sierra Maestra, el fusil le dio la razón y el valor le dio el grado de Comandante del Ejército Rebelde.
Con el triunfo de enero, no buscó el descanso: fue segundo jefe de la fortaleza de La Cabaña, jefe militar en el centro del país y fundador de los órganos de la Seguridad del Estado, ese escudo silente que protege la obra común.
La historia grande lo llamó después a múltiples trincheras: ministro del Interior, viceministro primero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), hombre de confianza en la sombra del Comandante en Jefe.
Con la misma entrega con que empuñó las armas, asumió luego la construcción, la informática y las comunicaciones, demostrando que un revolucionario cabal es tan útil en la guerra como en la paz.
Pero entre todos los servicios prestados, hay uno que estremece por su delicadeza y simbolismo: fue Ramiro Valdés quien encabezó la misión de buscar, ubicar y exhumar los restos del Che y sus compañeros de guerrilla en Bolivia, para devolverlos al abrazo definitivo de la tierra cubana.
Fundador del Partido, miembro de su Buró Político, Héroe de la República de Cuba, ha sido y es vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros.
A sus 94 años, sigue siendo Vice primer ministro, como si el tiempo y el compromiso se negaran a soltarle la mano.
Hoy, desde la raíz misma de la nación, Santiago de Cuba se suma al homenaje. Porque celebrar a Ramiro Valdés Menéndez es celebrar una brújula moral, un ejemplo de dignidad sin aspavientos, un faro encendido para las generaciones que apenas saben de su leyenda, pero heredan su luz.