Por Claudia Suárez Tejeda
En la sede de la UNEAC santiaguera, el periodista Dayron Chang Arranz abrió el espacio de reflexión del taller “Comunicar las ciudades creativas desde el Sur Global». Ello en el marco del Concurso de Radio y Televisión Félix B. Caignet.
El punto de partida fue claro: Santiago de Cuba es Ciudad Creativa, pero para mantener esa categoría se necesita más que la designación. Hace falta un proyecto de narrativa colectiva: saber cómo se cuenta la ciudad, quiénes participan en esa historia y qué papel ocupa lo digital en un mundo donde la visibilidad ya no depende solo de la prensa, sino de los algoritmos, las plataformas y las comunidades.

El taller trajo voces internacionales que ayudaron a colocar el foco en otras realidades del Sur Global. Representantes de Xalapa (México), Frutillar (Chile) y Medellín (Colombia) compartieron cómo diseñan estrategias para sostener su condición de ciudades creativas, qué espacios, programas, redes comunitarias y tecnologías utilizan, y que saben ya que no basta con declararse creativa: hay que vivirlo todos los días.
Dayron, arrancó la discusión con un ejemplo polémico, pero muy visual: Bad Bunny. No para convertirlo en estrella indiscutible, sino como caso de estudio de la comunicación contemporánea. El argumento fue que el artista puertorriqueño entendió antes que muchos el sistema de algoritmos, plataformas y recomendaciones, y que más allá del talento musical, lo que lo catapultó fue la capacidad de construir una narrativa, una comunidad y una estrategia digital alrededor de su figura.

¿El mensaje central?- Ya no se transmite información, se transmite sentido. En ese juego, los contenidos que funcionan se mueven por la emoción, la identificación y la repetición, no solo por la calidad estética. Bad Bunny, en esa lectura, se convierte en ícono de ruptura con ciertos tabúes, y por eso conecta con millones… Aunque no te guste, lo conoces, y su presencia es ineludible en la cultura pop.
Chang aprovechó el ejemplo para tender un puente hacia la realidad cubana: Si el éxito de la comunicación hoy depende de algoritmos, estrategia y comunidad, los artistas, gestores y medios cubanos no pueden quedarse en la lógica anterior. Cada promotor cultural, lejos de esperar solo a las vías de difusión tradicionales, debería asumirse como su propio gestor de contenido, capaz de construir una audiencia fiel, una narrativa propia y una manera de ocupar el espacio digital.
Fue entonces donde tuvo cabida la crítica más filuda: la cultura cubana, en muchos casos, se cuenta para el consumo, no para la construcción de identidad digital. Al googlear “Santiago de Cuba”, lo que se encuentra es un recorte de la ciudad convertido en postales: el Morro, el Parque Céspedes, la Catedral… Imágenes bonitas sí, pero con un discurso reducido. Santiago es mucho más que una portada turística: es música en la calle, trova, artistas, vecinos, barrios, y esa parte suele quedar fuera de la narrativa que circula en internet. Esta ausencia genera una especie de colonización simbólica: la ciudad se ve desde fuera, filtrada por lentes ajenos, mientras desde adentro muchos se resignan a repetir las mismas fachadas.

Uno de los conceptos fuertes que se debatieron fue el de la “emigración simbólica”. La idea de que cansados de carencias muchas personas perciben lo foráneo como más atractivo, moderno y “válido”, incluso partiendo desde Cuba, lo cual debilita la confianza en lo propio. Si el sector cultural no se adapta a las nuevas lógicas de visibilidad, corre el riesgo de quedarse en un discurso desconectado, mientras el mundo se mueve aceleradamente hacia otros formatos y narrativas.
Sobre la inteligencia artificial, el conferencista fue claro: no es neutral, ni muestra la realidad completa. Está concentrada en unas pocas manos, con sesgos profundamente marcados. Sin embargo, advirtió que la mejor opción no es rechazar la IA, sino usarla como herramienta crítica: aprender cómo se comporta, qué datos prioriza y cómo se puede orientar a favor de narrativas locales, de la diversidad y de la creatividad cubana.

El mensaje final fue un llamado de atención a todos los comunicadores, gestores, artistas y medios: La cultura cubana no se salva solo por la nostalgia, la tradición o el pasado glorioso. Se salva en la medida en que aprendamos a comunicarnos con la misma intensidad, estrategia y sensibilidad con la que lo hacen otros actores globales. Si Cuba no se cuenta desde Cuba, alguien más lo hará por ella, y no siempre será con el tono, la profundidad ni la verdad que se merece.
En el caso de Santiago de Cuba, ciudad creativa por designación, el reto es que esa imagen oficial se traduzca en un relato digital diverso, donde la voz de la comunidad, de los barrios, de los emprendimientos culturales y de los propios medios de comunicación, tengan un lugar central, y no quede relegada a un segundo plano mientras otros definen cómo se ve la ciudad.