Por: Elier Pila Fariñas
Vivimos en un mundo cambiante, y no hablamos de los cambios diarios en el tiempo sino aquellos que están ocurriendo en el clima, que no por ser más “lentos” dejan de ser evidentes en la actualidad.
Como hemos abordado en otras ocasiones en temas climáticos, haciendo la siempre necesaria diferencia entre los términos tiempo y clima, no se trata de estudiar valores exactos registrados en un momento dado, sino con estudios que utilizan datos en un plazo mucho más largo. Esos valores se usan para compararlos con otros valores promedios mensuales, estacionales, anuales etc. y determinar las anomalías, que recordemos que son esas diferencias del comportamiento actual con el “normal”, es decir el resultado de ese promedio histórico. En climatología usualmente se usa un periodo de 30 años, el cual se “renueva” cuando se cierran tres décadas de datos acumulados.
En el escenario actual en que los gráficos muestran tendencias, en muchos casos alarmantes, al ascenso de las temperaturas tanto del aire como en los océanos estas se reflejan en cambios también en esos valores promedio. Esto no es más que llevar a números y corroborar lo que cualquier persona que tenga más de 5 décadas de vida recuerda y que da lugar a frases como “ya no tenemos casi días de invierno” o “cuando yo era joven no hacia tanto calor”
Sin embargo, los cambios en estos valores también acarrean otros en como vemos y “medimos” el clima actual. Vamos a poner de ejemplo la noticia que motivó el tema de hoy: el pasado 17 de febrero la agencia de noticias CNN publicaba que “El calentamiento global obligó a los científicos a cambiar la forma en que observan El Niño”, en el que se hacía eco de un reciente cambio implementado por la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica en inglés), la autoridad en esos temas en los Estados Unidos y de referencia en el mundo.
Este cambio consiste en utilizar un nuevo índice numérico para diagnosticar si el Evento ENOS (conocido como El Niño) está ocurriendo y a partir de ahí hacer las predicciones para su pronóstico. Este evento oceánico y atmosférico, aunque ocurre en aguas del océano Pacífico ecuatorial tiene repercusiones en el clima a nivel global. Es por ello que es uno de los fenómenos que más vamos a oír nombrar cuando nos estemos acercándonos nuevamente al inicio de la temporada ciclónica y comiencen a hacerse los pronósticos de su comportamiento. Además de sus efectos conocidos sobre la actividad ciclónica: bajo los efectos de El Niño esta tiende a ser menor y viceversa cuando está en su fase opuesta “La Niña”, también influye en periodos de sequía prolongados y en el comportamiento de los inviernos.
Anteriormente se usaba el valor numérico calculado a partir de la diferencia de temperatura del mar de la zona en donde se manifiesta El Niño, con respecto al valor medio histórico. ¿Qué ocurre? Con el calentamiento actual de los océanos en general, este valor pudiera estar en el rango en el cual estaría (o debiera estar) presente un evento ENOS, sin embargo lo que estaríamos viviendo sería simplemente que toda el agua está más caliente que los valores históricos. Este cambio no solo dar “falsas alarmas” de El Niño sino que pudiera enmascarar su intensidad e incluso la ocurrencia de “La Niña”. Si el agua está más caliente, el enfriamiento esperado para manifestar la presencia de “La Niña” sería menor y por tanto pudieran al menos los primeros indicios pasar desapercibidos.
La solución implementada es tomar esa misma anomalía que se usaba anteriormente y compararla (mediante una diferencia) con la anomalía de toda la zona tropical. En palabra más sencillas, pasa de comparar que tan caliente está el agua en una zona determinada con respecto al comportamiento histórico, a comparar que tanto se está calentando (o enfriando) respecto a toda la zona tropical. Los resultados analizando datos históricos son prometedores ante este clima cambiante, un ejemplo de cómo se van y van a tener que seguirse adaptando los estudios al escenario cambiante que estamos viviendo.
Otros ejemplos
Sin entrar en un tema tan complejo como este, es inevitable que cambios en los valores de referencia evidentemente influyan en que los estudios actuales y anteriores tengan diferencias. Cuando usted compara un verano actual con la media climática vigente, que toma el valor medio desde 1991 a 2020 quizás su comportamiento caiga dentro del rango normal, pero será mucho más cálido si se compara con la anterior. El calentamiento ha desplazado la escala de comparación hacia arriba, esto no quiere decir que ciegamente se diga esta es la nueva “normalidad” y así será, hay estudios climáticos que amplían su rango histórico para asumir estos cambios. Un ejemplo es el umbral tomado por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), que se ubica a 1.5 grados Celsius por encima de los valores medios de la era pre-industrial: el valor promedio de 1850 a 1900, como objetivo para evitar el efecto irreversible de los gases de efecto invernadero en el calentamiento global.
En el caso de los ciclones también vemos esta influencia, por el aumento de la actividad ciclónica en las últimas décadas. Hasta 2021, en que se usaba el periodo de referencia de 1981 a 2010 una temporada ciclónica “normal” era aquella con doce tormentas nombradas (tormentas tropicales y huracanes), de ellas seis huracanes y de estos tres intensos. A partir de esa fecha en que se actualizó la climatología al periodo 1991-2020, la cantidad de tormentas nombradas se incrementó a catorce, la de huracanes a siete y se mantuvo sin cambios los intensos. Eso quiere decir que cuando se menciona ahora que una temporada tuvo un comportamiento normal, esta pudo haber sido más activa de lo que era una de esa categoría en décadas anteriores y con tormentas más intensas.
Dada la tendencia en la evolución de variables climáticas, mucho más evidente en la temperatura y aquellas que se derivan de ella, seguiremos viendo cambios en la forma de estudiar y entender el clima actual y tratar de proyectar el futuro, todo un reto incluso con todas las herramientas disponibles.
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