La tinta aún húmeda en la calle Obispo. Es enero de 1869 y un joven de casi 16 años, de mirada intensa y manos ansiosas, ve materializarse un sueño doble: el periódico La Patria Libre y, en su interior, un poema dramático titulado Abdala.
José Julián Martí Pérez, ese adolescente que sus cercanos llaman “Pepe”, no solo funda un medio; planta la primera semilla pública de un ideario que habría de crecer como un roble.
La obra es un relámpago en la penumbra colonial.
Un año antes, el estruendo del Grito de Demajagua había sacudido la isla, y Martí ya había respondido con versos incendiarios. Pero Abdala es distinto. Es un acto de audacia literaria y política.
Sitúa la epopeya no en Cuba, sino en la lejana Nubia, y su héroe no es un criollo de salón, sino un joven negro de virtudes excelsas: valentía, pericia militar y un amor filial tan profundo como su amor a la patria oprimida.
En una Habana esclavista, esta elección no es un detalle; es un manifiesto temprano de un antirracismo visceral, un acto de fe en la igualdad humana.
Entre sus versos late el desgarro que pronto conocería en carne propia: el conflicto entre el amor por la madre que lo protege –como haría Leonor Pérez, “como una leona”, días después– y el deber hacia la madre patria que sangra. Abdala le dice a su madre:
“El amor a la patria / no es el amor ridículo a la tierra, / ni a la hierba que pisan nuestras plantas; / es el odio invencible a quien la oprime, / es el rencor eterno a quien la ataca”.
La respuesta del hijo a la madre que teme por su vida ya está escrita, y Martí la vivirá.La Patria Libre y su hermano El Diablo Cojuelo serían ahogados al nacer por la censura española.
Pero la semilla de Abdala ya germinaba. Anunciaba la coherencia indomable del joven que, poco después, iría al presidio y al destierro por sus ideas.
Prefiguraba al hombre que, décadas más tarde, desde el exilio, organizaría “la guerra necesaria”.Hay una resonancia profética, casi un designio, en el final del poema. Abdala muere en batalla, pero “expiró lleno de felicidad”.
El 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos, Martí caería combatiendo. Su primera exclamación al pisar Cuba, semanas antes, había sido: “¡Dicha grande!”.
Como su héroe de Nubia, murió ungido por la satisfacción del deber cumplido, por entregarse por entero.
Abdala no fue solo un ejercicio juvenil. Fue la primera piedra de un edificio moral y revolucionario. En ese poema, el adolescente Martí no solo escribió sobre un héroe; delineó, con asombrosa claridad, el perfil del hombre en que se convertiría.
Todo estaba allí, en germen: el patriotismo ardiente, la ética inquebrantable, la fe en la justicia y la osadía de soñar, desde la adolescencia, con una patria libre y sin opresores.
La semilla de Nubia ya contenía, en su esencia, el árbol frondoso.