Hoy se recuerda un crimen político que la prensa de su tiempo intentó vestir de drama personal. Julio Antonio Mella, líder estudiantil cubano, fue asesinado a balazos en México el 10 de enero de 1929, mientras caminaba del brazo de su compañera, la fotógrafa y activista Tina Modotti.
Las crónicas de entonces, afines a intereses políticos, quisieron pintar el hecho como un «crimen pasional», manchando la reputación de Modotti y desviando la atención. Pero la historia, con documentos y testimonios, ha dejado claro, fue un asesinato ordenado por el dictador cubano Gerardo Machado para silenciar a un incómodo revolucionario que se preparaba para reintegrarse a la lucha armada.
La frialdad con que la prensa trató a Modotti acusándola de «dudosa decencia» y de contradicciones, es un ejemplo temprano de cómo se construye una narrativa para encubrir un crimen de estado. Su dolor, íntimo y simbólico, fue ignorado. Su defensa pública de Mella como «enemigo de todas las dictaduras» fue respondida con su expulsión de México bajo falsas acusaciones.
La muerte de Mella no fue el final. Como él mismo vaticinó, lo matarían por la espalda, pero su legado, honrado por quienes prometieron «seguir luchando» en su nombre, sobrevivió. Sus cenizas regresaron a una Cuba que, años después, vería caer a Machado.
Este caso nos deja una lección periodística permanente, la urgencia de mirar más allá de la primera versión, de cuestionar las narrativas oficiales o sensacionalistas, y de buscar la verdad política detrás de los titulares. La manipulación de la información para proteger al poder es una vieja conocida.