Había una isla donde la luz tenía dueño. Corría 1934 cuando Antonio Guiteras Holmes, con un trazo de tinta, desafió esa oscuridad privatizada. Intervino la mal llamada Compañía Cubana de Electricidad.
No fue solo un acto burocrático; fue el primer destello de una idea luminosa: que la energía de un pueblo le perteneciera.
Al triunfo de la Revolución, aquel 14 de enero se convirtió en fecha de conmemoración, en el Día del Trabajador Eléctrico Cubano.
Noventa y dos años después, en Santiago de Cuba, la historia no es solo un recuerdo enmarcado. Es el latido presente de miles de hombres y mujeres que, con herramientas en mano, mantienen viva la promesa de aquella firma.
Son los guardianes del fluido vital de la sociedad moderna. Su hazaña más reciente tiene nombre de huracán: Melissa.
Frente a la furia desatada, ellos fueron el antídoto de resistencia. Municipio a municipio, consejo popular a consejo popular, tejieron de nuevo la red de esperanza, devolviendo el pulso eléctrico a las zonas devastadas con un esfuerzo que merece el calificativo de encomiable.
Pero la crónica no termina en la restauración.
En el horizonte actual, donde la situación energética del país presenta desafíos complejos, estos mismos trabajadores están escribiendo un nuevo capítulo. Ya no solo reparan lo dañado; ahora construyen futuros alternativos. En sus manos ya no solo hay guantes y cables, sino también paneles solares que atrapan la eterna generosidad del sol caribeño.
Esta es la evolución del compromiso: de recuperar la luz a reinventarla.
Los apagones que tanto afectan a la población y al desarrollo económico encuentran en estas instalaciones solares una respuesta sostenible. No es solo una solución técnica; es un acto de continuidad histórica.
Aquella luz reivindicada en 1934 hoy busca su propia soberanía energética, limpia y renovable.Así, el trabajador eléctrico cubano no es solo el custodio de la red, sino el pionero de un nuevo amanecer.
Conmemorar su día es reconocer ese doble oficio: el de mantener encendida la llama del pasado y el de conectar a la isla con la energía del futuro.
La luz, al fin, ha aprendido a nacer dos veces: de la firme determinación humana y del infinito resplandor del sol.