El amanecer en Santiago de Cuba tuvo un peso distinto. No es solo la humedad caliente que se levanta de la bahía.
Es la memoria, tangible como el mármol, que despierta en el Cementerio Santa Ifigenia. Hoy, sesenta y siete amaneceres después de aquel «¡Revolución!» que cambió para siempre la geografía de la isla, la piedra y la historia conversan de nuevo.
Santa Ifigenia no es un camposanto cualquiera. Es el panteón donde la Patria se hace cuerpo y nombre. Un jardín de mármol y sombra donde los héroes no yacen en silencio, sino que susurran a través del tiempo.
Y esta mañana, el susurro se convirtió en ceremonia.Bajo el cielo que se abre paso entre cipreses, se congregan no solo las máximas autoridades del Partido y el Gobierno, sino la genealogía viva de una nación.
Los representantes de la Federación de Mujeres Cubanas llevan en su postura la dignidad de Mariana; los de la Central de Trabajadores.
El pueblo santiaguero, heredero directo de aquella tempestad de enero del 59, asistió no como espectador, sino como guardián de una promesa cumplida.

El homenaje es un acto de reconocimiento genealógico. Un diálogo consciente con los pilares que sostienen el imaginario cubano.Frente a la roca sencilla que guarda a José Martí, el Apóstol, el aire se carga de aquella ética férrea.

No es el poeta lejano, sino el estratega que soñó con «una república con todos y para el bien de todos».
Su tributo es recordar que la Revolución, antes que fuego, fue idea.Unos pasos más allá, ante la tumba de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, resuena el tañido de la Demajagua.
El primer grito, el gesto radical de liberar a sus esclavos antes de alzarse en armas. En él se honra el coraje fundacional, el acto desobediente de nacer.Cerca, el espíritu de Mariana Grajales se hace presente sin necesidad de monumento grandilocuente.
La Madre de todos los cubanos está en cada mujer que entregó sus hijos a la lucha. Su tributo es íntimo, familiar: es reconocer que las revoluciones se forjan primero en el corazón de los hogares.
Y finalmente, la figura siempre contemporánea del invicto Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz. Su presencia aquí es el eslabón que une el sueño con la conquista, la idea con la trinchera.
Vigilante desde su piedra, su legado es el pulso mismo de estos 67 años: la resistencia convertida en identidad.La ceremonia no es melancolía. Es afirmación. Cada ofrenda floral, cada saludo militar, cada minuto de silencio es una puntada en el tejido continuo de la historia.
Santiago, la heroica, la cuna y la bastilla, enmarca el acto con su verdor impenitente y su orgullo de ciudad que nunca se rindió.
Cuando el sol se posa sobre el monte Cabaña y la ceremonia concluye, algo queda suspendido en el aire caliente. No es el humo de la pólvora, sino la certeza de que algunos aniversarios no son para mirar atrás, sino para reafirmar el rumbo.
En Santa Ifigenia, entre mármoles y banderas, la Revolución no se recuerda: se respira.
Y hoy, como hace sesenta y siete años, late con fuerza en el corazón de santiagueros y cubanos