La violencia contra la mujer no se trata de un fenómeno aislado ni limitado a contextos específicos; es una realidad que atraviesa clases sociales, edades, culturas y territorios. Una realidad que se expresa desde las agresiones más visibles hasta aquellas formas silenciosas que permanecen ocultas entre la rutina y el miedo.
Este 25 de noviembre nos recuerda que la violencia no solo es un golpe o una amenaza directa. Es también controlar, humillar, silenciar, negar oportunidades, desvalorizar y limitar el proyecto de vida de una mujer. Es la violencia psicológica que desgasta la autoestima, la económica que impide la autonomía, la sexual que vulnera el cuerpo, la simbólica que perpetúa roles impuestos y la institucional cuando las víctimas no encuentran respuestas ni protección.
El 25 de noviembre, además, tiene un origen profundamente simbólico. Conmemora el asesinato de las hermanas Mirabal, tres mujeres dominicanas que se opusieron valientemente a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Su muerte no apagó su lucha; por el contrario, la transformó en un estandarte global para reclamar justicia, igualdad y dignidad.
Hoy, esta fecha nos convoca no solo a reflexionar, sino a actuar. A entender que combatir la violencia requiere educación afectiva, formación en igualdad, sistemas de protección eficaces, leyes aplicadas con rigor y una comunidad que no tolere el maltrato bajo ningún pretexto.
Cada historia que se visibiliza, cada mujer que se escucha, cada acto de apoyo que se brinda, suma. La lucha contra la violencia de género no es exclusiva de un sector: es un deber de toda la sociedad. Y mientras exista una mujer que viva con miedo, que calle por vergüenza o que tema pedir ayuda, esta jornada seguirá siendo necesaria.
Este 25 de noviembre es, más que un día en el calendario, un llamado urgente: no basta con solidarizarse, hay que transformar. Porque la verdadera conmemoración ocurre cuando logramos que todas las mujeres vivan libres, seguras y en pleno ejercicio de sus derechos.