El principal problema de muchos santiagueros, en este momento, no es saber a qué hora regresará la electricidad; en definitiva, nadie puede anticiparlo y, como dicen algunos, en algún momento llegará.
La preocupación más urgente es otra: ¿qué comeremos hoy?. No se trata únicamente de la escasez de alimentos, sino también de la imposibilidad de conservarlos adecuadamente. En muchos hogares, las compras deben hacerse prácticamente al momento de consumirlas, porque tantas horas sin electricidad bastan para que los productos se deterioren, a lo que se suma el incremento constante de los precios, mientras que los salarios y las jubilaciones permanecen congelados.
Así, se acuesta la gente, sin un plan. No hay forma de prever cómo será el día siguiente: arroz con picadillo, arroz con jamonada o cualquier otra alternativa disponible. Son incertidumbres que, poco a poco, se incorporan a la rutina diaria.
Permanecer alrededor de 30 horas, como promedio, sin corriente eléctrica no es un asunto menor: gracias a la colaboración de sistemas fotovoltaicos privados, e incluso motorinas, parte de la población logra cargar sus teléfonos celulares y mantener la comunicación, siempre que la cobertura lo permita, pues esta suele verse igualmente afectada.
Ante este panorama, muchos repiten que “no queda otra alternativa que ser optimistas”. Motivos para aferrarse a la esperanza existen, aunque el camino resulte difícil y esté marcado por la necesidad de preservar los logros alcanzados y encontrar soluciones a los problemas actuales.
Las 176 medidas anunciadas por el Gobierno representan una esperanza para algunos, aunque no sean compartidas por buena parte de la población, sin embargo, a corto y mediano plazo, las soluciones no parecen vislumbrarse con claridad: la escasez de productos y servicios esenciales, el aumento constante de sus precios, la especulación y la corrupción son realidades que afectan, en primer lugar, a quienes viven de su salario o de una jubilación; es decir, a una parte importante de la ciudadanía.
A esta situación se suma otro motivo de preocupación: la migración hacia el exterior, especialmente de jóvenes y personas en edad laboral. Cuba envejece y, con ello, se ponen en riesgo las fuerzas productivas que deberán sostener el desarrollo futuro del país.
Ante este complejo escenario, la alternativa no puede limitarse a resistir; es necesario trabajar con eficiencia, transparencia y resultados, tanto en lo poco como en lo mucho que pueda hacerse, porque la población necesita respuestas concretas, soluciones sostenibles y condiciones que le permitan vivir con mayor seguridad y dignidad.
El desafío es enorme.