Un plato servido sobre una mesa puede parecer algo cotidiano. Sin embargo, detrás de cada alimento intervienen agricultores, trabajadores, transportistas, comerciantes, científicos, industrias, mercados y decisiones políticas que determinan qué se produce, quién puede comprarlo y qué termina llegando a la mesa de una familia. Cuando esa cadena falla, la consecuencia no es solamente económica: se convierte en hambre, malnutrición, desigualdad y pérdida de oportunidades.
El 16 de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación, una de las principales jornadas internacionales dedicadas a reflexionar sobre la seguridad alimentaria, la nutrición y la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios. La fecha conmemora la fundación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), creada el 16 de octubre de 1945 en Quebec, Canadá. Cuba estuvo entre sus países fundadores.
La conmemoración no se limita a recordar la importancia de comer. Su propósito es impulsar acciones para que todas las personas puedan acceder a alimentos suficientes, inocuos y nutritivos, producidos mediante sistemas capaces de sostenerse a largo plazo. La alimentación adecuada constituye una necesidad biológica, pero también se relaciona con el desarrollo económico, la educación, la salud pública, la protección ambiental y la dignidad humana.
El lema internacional de 2026, «Innovar hoy. Nutrir el mañana», propuesto por la FAO, sitúa la innovación en el centro del debate. La organización llama a combinar ciencia, tecnología, conocimientos tradicionales y soluciones inclusivas para mejorar la producción y garantizar alimentos diversos, seguros y nutritivos sin comprometer los recursos de las futuras generaciones.
La urgencia de este objetivo se comprende al observar las cifras mundiales. El informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026, elaborado por cinco organismos de las Naciones Unidas, estima que unos 645 millones de personas padecieron hambre en 2025, equivalentes al 7,8 % de la población mundial. Aunque la proporción descendió respecto a años anteriores, los avances siguen siendo insuficientes y desiguales para alcanzar el objetivo de erradicar el hambre antes de 2030.
El hambre, además, no es la única expresión de la inseguridad alimentaria. Una persona puede consumir suficientes calorías y, al mismo tiempo, carecer de proteínas, vitaminas, minerales y otros nutrientes esenciales. También puede tener acceso ocasional a los alimentos, pero no disponer de una dieta estable y variada. Por eso, la discusión internacional ha evolucionado desde la simple disponibilidad de productos hacia una perspectiva más amplia que incluye su acceso económico, calidad nutricional, inocuidad y continuidad.
El precio de una dieta saludable representa uno de los obstáculos fundamentales. Una familia puede encontrar alimentos en el mercado y, aun así, no disponer de ingresos suficientes para adquirirlos en las cantidades y combinaciones necesarias. La inflación, los conflictos armados, las crisis económicas, las alteraciones climáticas y las interrupciones del comercio internacional pueden elevar los costos y reducir el poder adquisitivo. El problema se agrava cuando los hogares deben destinar una parte desproporcionada de sus ingresos a necesidades básicas.
A ello se suma una contradicción global: mientras millones de personas no tienen garantizada una alimentación adecuada, en otros contextos se desperdician alimentos en las etapas de producción, almacenamiento, comercialización y consumo. Reducir esas pérdidas requiere mejores infraestructuras, transporte, refrigeración, planificación y hábitos de consumo responsables. No basta con producir más; también es necesario conservar lo producido y distribuirlo de manera eficiente.
La agricultura enfrenta, asimismo, el desafío de adaptarse a condiciones ambientales cada vez más difíciles. Las sequías, las inundaciones, la degradación de los suelos, la salinización, las plagas y la pérdida de biodiversidad pueden reducir los rendimientos agrícolas y aumentar los costos. En respuesta, se promueven técnicas de conservación del suelo y del agua, semillas adaptadas, sistemas de riego más eficientes, diversificación de cultivos y prácticas agroecológicas. La innovación no tiene que consistir siempre en maquinaria sofisticada: puede surgir de combinar conocimientos locales con herramientas científicas que respondan a las necesidades reales de cada comunidad.
Las mujeres desempeñan un papel esencial en numerosos sistemas alimentarios, tanto en la producción agrícola como en el procesamiento, la comercialización y la preparación de alimentos. Sin embargo, su acceso a la tierra, al financiamiento, a la tecnología y a los espacios de decisión no siempre es equivalente al de los hombres. Fortalecer sus oportunidades productivas puede contribuir a mejorar los ingresos familiares y la resiliencia de las comunidades rurales.
La dimensión política del problema tampoco puede ignorarse. La seguridad alimentaria depende de la producción nacional, pero también de las importaciones, las reservas, la infraestructura, los ingresos, los mecanismos de protección social y la estabilidad de los mercados. En un mundo interconectado, una crisis en una región exportadora puede repercutir sobre los precios de países que dependen de comprar alimentos en el exterior. De ahí que la cooperación internacional y la planificación a largo plazo resulten tan importantes.
En Cuba, la alimentación constituye uno de los asuntos que más directamente repercuten en la vida cotidiana. La disponibilidad de productos, sus precios, la capacidad de compra de los hogares y las dificultades para sostener la producción agropecuaria forman parte de una realidad compleja. La isla debe enfrentar limitaciones productivas y logísticas, necesidades de importación, afectaciones climáticas y dificultades para garantizar insumos, combustible, equipos y transporte. Un análisis serio debe considerar esos factores sin reducir el problema a una sola causa.
La FAO ha desarrollado iniciativas de cooperación con instituciones cubanas para fortalecer la producción local, mejorar la resiliencia climática y transformar los sistemas agroalimentarios. Entre las noticias publicadas en 2026 figuran proyectos de innovación y sostenibilidad, así como planes nacionales dirigidos a fortalecer la producción de alimentos y las redes de protección social. Estos esfuerzos muestran que la seguridad alimentaria necesita acciones coordinadas entre productores, instituciones científicas, organismos públicos y comunidades.
La producción local tiene una importancia particular para reducir vulnerabilidades. Cuando los territorios consiguen cultivar una mayor variedad de alimentos, conservarlos adecuadamente y acercarlos a los consumidores, pueden disminuir algunas dependencias logísticas y fortalecer sus capacidades de respuesta. Sin embargo, la agricultura local necesita condiciones concretas: semillas, fertilizantes, herramientas, agua, energía, vías de acceso, almacenamiento, transporte y mecanismos comerciales que permitan sostener la actividad productiva.
En Santiago de Cuba, la discusión adquiere una dimensión territorial evidente. La disponibilidad de frutas, hortalizas, viandas, granos y otros alimentos depende, entre otros factores, de las producciones de la provincia y de los territorios que abastecen sus mercados. También influye la capacidad para trasladar las cosechas, conservar los productos perecederos y evitar pérdidas durante el almacenamiento y la comercialización.
La provincia y el oriente cubano han enfrentado afectaciones meteorológicas que han dañado viviendas, infraestructuras y actividades agrícolas. En abril de 2026, la FAO informó sobre acciones de recuperación de la producción de hortalizas en comunidades de Granma y Santiago de Cuba afectadas por el huracán Melissa, con apoyo del Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia y coordinación con instituciones cubanas. El propósito era recuperar capacidades productivas y contribuir a la disponibilidad de hortalizas frescas en los mercados.
Este ejemplo demuestra que los desastres naturales no terminan cuando cesan los vientos o las lluvias. Después comienza otra etapa: recuperar las áreas de cultivo, reponer insumos, restablecer los servicios y evitar que la interrupción productiva se prolongue. La seguridad alimentaria también depende de la preparación frente a los riesgos climáticos y de la capacidad de reconstruir rápidamente los sistemas agrícolas.
En Santiago de Cuba, las experiencias de agricultura urbana y periurbana, los patios productivos, los huertos escolares y las iniciativas comunitarias pueden contribuir al abastecimiento y a la educación nutricional cuando cuentan con recursos y continuidad. No sustituyen por sí solas las necesidades de una ciudad, pero pueden complementar la producción y acercar a las personas al origen de los alimentos. Para evaluar su impacto real es necesario disponer de información local sobre áreas cultivadas, rendimientos, volúmenes comercializados y participación comunitaria.
La alimentación también se construye desde los hogares. Planificar las compras según las posibilidades económicas, aprovechar integralmente los alimentos, conservarlos de manera segura y diversificar la dieta son prácticas útiles, aunque no pueden resolver por sí solas las carencias estructurales de producción o de ingresos. La responsabilidad individual debe acompañarse de políticas que mejoren el acceso, la disponibilidad y la calidad nutricional de los alimentos.
Para el periodismo, el Día Mundial de la Alimentación representa una oportunidad de ir más allá de los actos conmemorativos. Las historias de productores, investigadores, transportistas, comerciantes y familias permiten explicar cómo funciona la cadena alimentaria y dónde se encuentran sus principales obstáculos. Los datos sobre producción y precios deben contrastarse con fuentes oficiales, mientras que los testimonios pueden ayudar a comprender cómo las dificultades repercuten en la vida cotidiana.
Alimentar al mundo no significa únicamente llenar platos. Significa garantizar que las personas puedan acceder de manera estable a alimentos seguros y nutritivos, que quienes los producen dispongan de condiciones dignas y que los recursos naturales no sean destruidos en el proceso. También significa reconocer que la innovación tecnológica, sin justicia social y sin acceso equitativo, no basta para resolver el hambre.
El reto de «innovar hoy para nutrir mañana» comienza con una pregunta que ningún país debería eludir: ¿cómo construir sistemas alimentarios capaces de alimentar a toda la población, resistir las crisis y proteger el futuro? La respuesta exige ciencia, inversión, cooperación, políticas públicas eficaces y una relación más responsable entre producción, consumo y naturaleza. Porque el derecho a alimentarse no debería depender de la suerte de una cosecha ni de la capacidad de una familia para soportar precios cada vez más difíciles.