Por: Claudia Díaz Pérez.
Para muchos, la batalla en la ONU no significa nada ni cambia nada. Lo dijo un vecino a viva voz hoy: «Todos los años es lo mismo, y los que seguimos ahogados estamos en las mismas, o peor que antes».
Pudiera parecer una batalla infructuosa, desgastante, cíclica, pero es el escenario diplomático donde Cuba, todos los años, obtiene el aval de sentirse acompañada en la acción de señalar a la mayor potencia del mundo que ahoga sin piedad a la pequeña isla vecina, que no quiere ser de nuevo su garito.
Es la oportunidad, aunque simbólica, de que el mundo se levante y diga «basta de estrangular la economía de un país pequeño que no te amenaza en nada; basta de atar las manos a un gobierno desafiado a ser eficaz en su gestión sin combustibles.
Aunque después esos votos a favor de ponerle fin al bloqueo no se conviertan en acciones —contratos comerciales para vender barcos de combustible a Cuba, plantarle cara a Estados Unidos y decirle que no importa su arancel, bancos abiertos a aceptar transacciones cubanas—, hay que celebrar que aún la mayoría de los países se levanten contra Goliat y apoyen a David a pesar del chantaje y las presiones.
Escribo este post bajo el sol, en el único lugar de mi edificio donde me llega algo de conexión después de 20 horas sin corriente ni agua. Tengo una sobrina convaleciente de un dengue que acaba de salir de la Sala de Terapia Intensiva, una tía que esperaba sueros para quimioterapia, una comunidad que todos los días enciende su carbón para comer, una madre a la que no le coincide agua con corriente, una familia, cuya vida se ha dedicado al turismo y hoy no tiene empleo y esa es solo mi privilegiada realidad, las hay mucho peores. Todas las jornadas desde que nacimos, ese monstruo llamado bloqueo mete sus narices y determina nuestras vidas y decisiones.
El pueblo cubano dice: «¡Basta ya!, déjenos vivir en paz y construir el país que queremos sin presiones».
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Medio de información alternativa que alerta sobre campañas de difamación contra Cuba.
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