Por Yaimí Hernández Martínez
Hay caminos en la Sierra que aún guardan las pisadas del guerrillero Almeida: veredas de tierra que serpentean entre cafetales y nubes, rutas que recorrió con un fusil al hombro y una canción en la cabeza. En cada recodo del monte flota la memoria de aquel muchacho habanero que vino a parir la libertad en Oriente.
Muchacho de piel negra y manos callosas que aprendió a levantar muros de solidez antes de construir la libertad sobre las montañas de la Sierra.
Nació en La Habana el 17 de febrero de 1927 , pero fue en las montañas santiagueras donde Almeida se volvió leyenda porque fue, ante todo, un hombre de sensibilidades encontradas: la pólvora y la melodía, la orden militar y el verso enamorado.
Si hay una frase que define su arrojo militar, esa es la que pronunció el 5 de diciembre de 1956 en el combate de Alegría de Pío, con la tropa dispersa y el ejército batistiano acorralando a los expedicionarios del Granma, Almeida se irguió para dar una orden que se convertiría en ADN de la Revolución Cubana: «¡Aquí no se rinde nadie!» . No era un grito de vacío; era la convicción del hombre que ya había sobrevivido al asalto del Cuartel Moncada y a las prisiones del Presidio Modelo.
Quienes lo vieron combatir en El Uvero —quizás uno de sus episodios más épicos— cuentan que aquel día fue mal herido . Sin embargo, no permitió que lo evacuaran. Sus compañeros solo consiguieron recostarlo a un árbol desde donde, durante más de dos horas, continuó dirigiendo el ataque .
Por esa capacidad estratégica y esa lealtad inquebrantable, Fidel lo ascendió a Comandante el 27 de febrero de 1958 , poniéndolo al frente de la Columna 3 y, posteriormente, del Tercer Frente Oriental «Mario Muñoz Monroy» . Bajo su mando, ese territorio no solo fue una zona de operaciones militares, sino un ejemplo de gobierno revolucionario en miniatura, donde el albañil que llevaba dentro supervisaba la construcción de escuelas y caminos mientras planificaba emboscadas.
«La Lupe», «Dame un traguito» o «Mi Santiago» no son simples anécdotas de un político que hacía música; son parte del cancionero popular cubano . Además, su faceta de escritor —con una docena de libros que incluyen títulos como «Exilio», «La Sierra» o «Contra el Agua y el Viento», ganador del Premio Casa de las Américas — demuestra que su mirada analítica no se limitaba solo al campo de batalla .
Hoy, cuando el cemento de su juventud se funde con el pentagrama de su madurez, sigue viva la certeza de que, con hombres así, aquí no se rinde nadie.