Hoy, mientras el calendario marca un día de enero más, el eco de una tinta que se secó hace 131 años resuena con una fuerza inesperada. Era un 26 de enero de 1895.
En la vorágine previa al levantamiento independentista, José Martí, desde las páginas del periódico Patria, no escribía solo una nota. Forjaba un principio. Bajo el modesto título La Revista literaria dominicense, dejó caer una frase que, como semilla en tierra fértil, echaría raíces profundas: «Patria es humanidad».
Pero Martí, maestro en destilar verdades complejas en palabras claras, no se quedó en la abstracción. Inmediatamente lo acotó, lo hizo tangible: «Es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer».
Con esto, dibujó un círculo concéntrico: el amor a lo propio no es un muro, sino el primer peldaño para alcanzar lo universal. Y lanzó una advertencia lúcida, un antídoto contra el fanatismo: no debe usarse el «santo nombre» de la patria para defender tiranías, dogmas opresores o políticas voraces.
El deber con la porción más cercana (la patria) es, en esencia, el primer acto de un deber mayor: el de la humanidad.Este concepto, según estudiosos como Armando Hart Dávalos, fue el broche de oro de un ciclo que Martí, aún adolescente, había iniciado con su poema Abdala, donde el amor patrio era definido como un «odio invencible» al opresor.
Hart vio en «Patria es humanidad» la evolución suprema de ese pensamiento: ya no solo la defensa contra el ataque, sino la construcción positiva y solidaria hacia fuera.
En 2010, Hart insistía en que solo con esta visión integradora, de alcance universal, se podrían enfrentar los desafíos colosales del mundo. Para él, este axioma no era reliquia, sino brújula: es el que acompaña, decía, cuando Cuba comparte experiencias, cuando sus médicos cruzan fronteras, cuando se promueve un pensamiento que trasciende islas.
La idea encontró un intérprete de peso en el líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro. En 1999, desde el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, señaló aquella frase como una de las más extraordinarias de Martí.
La reivindicó como parte del núcleo de un proyecto que se aspiraba, en teoría, a esa dimensión de solidaridad.Así, este enero no es un mes cualquiera. Respira la vigencia de un Apóstol.
El aire fresco de la madrugada del 28, cuando miles de jóvenes levantan las antorchas en la marcha tradicional, no solo ilumina el camino hacia el monumento del Maestro.
Es un río de luz que parece llevar, en cada chispa, las dos palabras fundidas: Patria-Humanidad. Son antorchas que simbolizan, hoy más que nunca, la resiliencia de un legado.
Un legado que, para Cuba y para América Latina, sigue siendo una pregunta en movimiento, un desafío constante: ¿cómo construir una patria que sea, en verdad, un pedazo consciente y solidario de la humanidad?
La crónica, 131 años después, sigue abierta. La frase de Martí ya no es solo una línea en un viejo periódico; es un diálogo ininterrumpido, una prueba de fuego y una esperanza que, como las antorchas, se pasa de mano en mano.