sábado 29 noviembre 2025

Códigos QR: Modernidad y utilidad aparentes

En los últimos años, las autoridades estatales y el sector privado han impulsado la exhibición de códigos QR como símbolo de modernización en las formas de pago, lo que supone que esta herramienta, vinculada a cuentas bancarias o contratos de compraventa, facilite las transferencias electrónicas, reduzca el uso de efectivo y ofrezca mayor comodidad al consumidor.

En Santiago de Cuba, esas imágenes aparecen en bodegas, cafeterías, restaurantes, en pequeños negocios particulares y hasta en clínicas veterinarias privadas, y sugieren avance, digitalización y orden, pero basta con intentar utilizarlos para descubrir que, en la práctica, casi nunca funcionan como deberían.

En las bodegas, los códigos QR son prácticamente decorativos porque la escasez de productos hace innecesaria cualquier forma de pago que no sea el efectivo y en algunos comercios estatales y privados se limitan a aceptar transferencias solo para la compra de un producto específico y obligan al cliente a pagar el resto de los servicios en efectivo.

Existen otros casos en los que, al escanear el QR, el usuario descubre que la transferencia lleva consigo un recargo adicional del 5, 10 o 15%, lo que contradice el supuesto objetivo de fomentar medios de pago más ágiles y transparentes, y en la mayoría de las ocasiones, el diálogo con el dependiente es breve: al preguntar si se puede pagar por transferencia, la respuesta suele ser un monosílabo seco y definitivo: “No”.

La contradicción es evidente. Se exhiben los códigos como si fueran un sello de modernidad, pero en la práctica se convierten en un símbolo vacío y el cliente se enfrenta a una especie de espejismo tecnológico: el país muestra una fachada de avance, pero el servicio real sigue atado a viejas dinámicas de desconfianza hacia la banca electrónica, falta de infraestructura y, en muchos casos, desinterés por facilitarle la vida al consumidor.

No se trata solo de la imposibilidad de pagar con el teléfono en la mano; el trasfondo es más profundo: la incoherencia entre lo que se proyecta y lo que efectivamente se ofrece, divorcio que genera frustración, desconfianza y, sobre todo, la sensación de que se intenta aparentar un progreso que no se concreta en la vida diaria.

Las interrogantes que me quedan son incómodas: ¿para qué se exhiben entonces estos códigos?, ¿Son un mecanismo real para impulsar nuevas formas de pago o un requisito formal, cumplido a medias, que solo engrosa la lista de medidas sin resultados satisfactorios?. Si no se garantiza la funcionalidad, la transparencia y la confianza en este tipo de operaciones, los códigos QR corren el riesgo de convertirse en un símbolo vacío, otra muestra de modernidad aparente que se queda en la epidermis.

En definitiva, más que colocar imágenes en las paredes y mostradores de bodegas y negocios, lo que se necesita es voluntad real para que esas herramientas funcionen, de lo contrario, el QR seguirá siendo lo que ya muchos santiagueros perciben: un simple adorno digital en medio de una economía que todavía se mueve, casi exclusivamente, con billetes en mano.

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Joel @ No todo está perdido
abril 11, 2024 at 1:44 am
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