El 24 de febrero de 1895 no se dejó morir el espíritu independentista cubano

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A Juan de Dios Barrios la historia le tenía reservado un encargo sublime. Aquel humilde tabaquero sería el responsable de hacerle llegar a Juan Gualberto Gómez las nuevas instrucciones de José Martí, Delegado del Partido Revolucionario Cubano. El documento, breve y conciso, vendría acompañado de otras dos firmas: la de Enrique Collazo, representante del Occidente, y la del brigadier José María Rodríguez, comisionado del general Máximo Gómez.

De inmediato el pliego debía circularse por diversos puntos de la geografía insular. Era la orden de alzamiento, menos detallada que el plan original, abortado tras el fracaso de la Fernandina, pero que contenía una serie de instrucciones ajustadas a los imperativos del momento. El alzamiento debía ser simultáneo, «o con la mayor simultaneidad posible», durante la segunda quincena de febrero.

El estudiante Juan Tranquilino Latapier se trasladaría con el mensaje al oriente de Cuba, allí contactaría con Guillermo Moncada (Guillermón) Bartolomé Masó, Celedonio Rodríguez y José Miró Argenter. Mientras tanto, el doctor Pedro Betancourt fue designado para llevarle las orientaciones al general Francisco Carrillos, en Las Villas. Ningún emisario llegó a Camagüey, pues las noticias cursadas eran poco alentadoras: la región no secundaría el movimiento, por más que un grupo de jóvenes, nucleado en torno al venerable marqués Salvador Cisneros Betancourt, se mostraba proclive al levantamiento armado.

Puestos de acuerdo, en La Habana, Julio Sanguily, José María Aguirre, Antonio López Coloma, Pedro Betancourt y el delegado de Martí en la Isla, acordaron proponer, a los jefes principales del resto de las provincias, el 24 de febrero como fecha del levantamiento.

Pero razones de diversa índole obstaron la mayor simultaneidad posible del alzamiento en las regiones comprometidas. En Occidente y Las Villas los principales dirigentes, los generales Julio Sanguily y Francisco Carrillo, respectivamente, fueron sorprendidos y capturados el mismo día previsto para el inicio de las acciones. Igual suerte corrió Pedro Betancourt, responsable del alzamiento en Matanzas, así como el general José María Aguirre. Las deportaciones y el asesinato de importantes complotados dejaron también su impronta en los anales del 24 de febrero.  

No obstante, en la fecha acordada se produjeron pronunciamientos en diferentes localidades de la Isla, aunque algunos de ellos acontecieron de manera aislada y sin sus principales líderes a la cabeza. Así sucedió en Ibarra y Jagüey Grande, pertenecientes a Matanzas, así como en Los Charcones y Aguada de Pasajeros, en la provincia de Las Villas. Juan Gualberto Gómez, Antonio López Coloma, Martín Marrero, Joaquín Pedroso, José Álvarez Ortega –conocido por Matagás– se encontraban entre los complotados que acudieron al cumplimiento de la orden de alzamiento. 

Otra fue la realidad del 24 de febrero en el oriente. Días antes de la fecha acordada, sus principales jefes ya estaban internados en los montes. El mayor general Guillermón Moncada y el coronel Pedro A. Pérez, en la vertiente Santiago de Cuba-Guantánamo, tomaron las precauciones indispensables para evitar cualquier delación. Desde el 19 de febrero, Moncada, con Rafael Portuondo Tamayo y 19 hombres, abandonaron Santiago para adentrarse en los montes.

En Guantánamo, los revolucionarios se darían cita en la cercana finca La Confianza. En ese escenario se firmó el acta redactada por Emilio Giró, delegado personal de Antonio Maceo, que proclamaba la decisión de iniciar la contienda independentista. Otros nombres que figuraron en los contingentes guantanameros fueron los de Enrique Brooks, Pedro Ramos, Evaristo Lugo, Prudencio Martínez y Enrique Tudela, este último a cargo del ataque y ocupación del fuerte español de Hatibonico el propio 24 de febrero.

El catalán José Miró Argenter, por su parte, se trasladó a Holguín, y Bartolomé Masó se levantó en Bayate, acompañado por una decena de hombres, mientras impartía instrucciones a otros jefes locales para concertar el alzamiento en la zona Bayamo-Manzanillo-Holguín. Horas antes, Amador Guerra y Enrique Céspedes habían recibido órdenes de permanecer en las cercanías del ingenio Salvador, en Calicito, vísperas de los acontecimientos del domingo 24.

Otros alzamientos acontecidos en la región fueron los dirigidos por Esteban Tamayo, y Joaquín y Francisco Estrada, en Mogotes, Barranca, término municipal de Bayamo.

Los levantamientos de Jiguaní-Baire formaban parte de un plan integral del comandante Florencio Salcedo. Un grupo, encabezado por José Reyes Arencibia, entró en Jiguaní, mientras el de Saturnino Lora, al mando del propio Salcedo, se adentró en Baire, sin encontrar resistencia. Los dos contingentes, concentrados en la finca bairense La Guerrilla eligieron como nuevo jefe al coronel Jesús Sabón Moreno, conocido como Jesús Rabí.

Desde un inicio, la prensa española identificó el alzamiento con el pronunciamiento de Baire, sobre el supuesto de que se trataba de grupos que enarbolaban las banderas del autonomismo. Lejos estaban los principales líderes de esa comarca de sostener un ideal contrario al de la independencia, tan cierto como que el 24 de febrero «el grito» no solo aconteció en Baire. No obstante, las tradiciones –como la del «Grito de Baire»– forman parte también de la historia de los pueblos; la revisten de la savia emotiva, que nutre en su decurso la forja de los nacionalismos y las identidades, ya no de una localidad en específico, ni de determinados ideólogos, sino de toda una nación, y como tal son veneradas.

Los encuentros armados continuarían en los días sucesivos con acciones militares importantes como la ocupación de los poblados de Bueycito y Bayamo por fuerzas al mando de Joaquín Estrada y Esteban Tamayo.

Ahora bien, el hecho de que el movimiento independentista transcurriera, en sus inicios, circunscrito al oriente de Cuba, alentó a las fuerzas colonialistas movilizadas hacia la región oriental, y también a los grupos económicos insulares contrarios a la independencia. Pero las fuerzas libertadoras se mantuvieron en las armas, con todas sus implicaciones políticas y militares. El hecho de que el estallido y sostenimiento de la guerra en Santiago de Cuba, Guantánamo, Jiguaní-Baire, Manzanillo, Bayamo y Holguín, acontecieran a contrapelo de las múltiples adversidades fue un factor que facilitó, en la primera etapa del movimiento (febrero-abril de 1895), el crucial desembarco de los principales jefes de la revolución y la consecuente consolidación de la lucha armada en la Isla. (Yoel Cordoví Núñez)

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