Por las veces que se levantó se puede medir a Celia

Por las veces que se levantó se puede medir a Celia

Santiago de Cuba, 7 may.— Tenía 6 años cuando su madre murió durante el parto de su hermana menor. Quizás por eso se armó a la guerra con el nombre que la progenitora había escogido para la pequeña sobreviviente: Norma.

Y de su lado sintió ausencias. Murió llamándola el novio que la enamoró a sus 17 años, murió su abuela, murió el amigo de ideales Frank País. Y el día que triunfó la Revolución era el cumpleaños del progenitor y amigo, falleció lejos de ella, 7 meses atrás.

Celia fue la primera mujer en empuñar un fusil en la Sierra, durante el combate del Uvero, pero ni por los rigores de la lucha dejó de ser la amante de la playa, la pesca. Raúl la llamó “madrina” quizás porque lo mismo garantizó refuerzos para los guerrilleros, que ideó inexpugnable y bella la Comandancia de La Plata, que abastecía a Fidel de pluma, papel, o antídoto para el dolor de muelas, que soportó una pesada mochila de campaña con tal de preservar la memoria de esos días, que era el puente de todos a Fidel.

Tenía 38 años en 1959 y sus hijos fueron los de la Revolución. Llevó a La Habana a los niños víctimas de la invasión por Playa Girón y para Nemesia fue como una madre. Con sus manos quemadas por un almibar, preparaba delicias para ella en su apartamento del Vedado y como nadie consolaba su dolor.

Celia era toda humildad. Pudo ser del gabinete presidencial pero prefirió la labor callada junto a Fidel durante 21 años. Fue secretaria de la presidencia, del Consejo de Ministros y del Consejo del Estado. También integró el Comité Central del Partido y la Dirección Nacional de la FMC. Aún se recuerda la reunión del Buró Político en la que usó a los ministros de modelo, incluido Raúl Roa, y puso de moda el zafari, una prenda apropiada a nuestro clima.

Amante de lo natural decoró con plantas el Palacio de la Revolución, y en la sala de la recepción colocó una piedra de 37 toneladas. Llevan su impronta, entre otras, la habanera heladería Coppelia, el Parque y el Instituto Vocacional Lenin, el Palacio Central de Pioneros, el Palacio de las Convenciones, el Zoologico Nacional, el orquideario de Soroa, y el Hotel María del Portillo.

Trabajando en la ampliación del Estadio Latinoamericano un madero le arrancó la audición de un oído pero ni eso le silenció la voz del pueblo. Una vez su chofer intentó esquivar una multa interponiéndola a ella, pero no lo permitió, al policía explicó que debía poner la multa, y al chofer le recalcó la enseñanza. Algunos la llamaban la conciencia moral de la Revolución.

Celia temía a los ratones, pero no al imperialismo que desafió al ponerse del lado de los pueblos que luchaban por su independencia.

Su andar en alpargatas por las Oficinas de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, que tambièn creó, hace cognocible hoy la historia de su tiempo.

Su última aparición física fue en la ciudad de Santiago de Cuba, un 30 de noviembre. Y fue simbólico porque aquí nutrió su patriotismo de joven. Recordemos que ella y su padre colocaron a Martí en la cima de Cuba, y aunó recursos para construir un monumento a Chivás en esta urbe.

Post mortem mereció por sus estudios el título de Licenciada en Ciencias Sociales, rectificando así la actitud de cuando abandonó el bachillerato por negarse a leer el examen a un profesor que no entendía su letra.

Muestras de que ella también supo crecer.

Aún con un breve asomo como este a sus 62 años, es posible comprender por que fue llamada la flor autóctona de la Revolución.

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