Autor: Anaisis Hidalgo Rodríguez
Hay ciudades que arden una vez y se apagan, y hay otras, como Bayamo, que siguen ardiendo en la memoria aunque se hayan extinguido las llamas. Allí no solo se quemaron casas, iglesias y papeles. También se chamuscaron certezas, se borraron fechas y quedaron deshilachadas muchas biografías.
Entre los documentos devorados por el incendio del 12 de enero de de 1869, desaparecieron los libros de bautismo, matrimonio y defunción de la Iglesia Parroquial Mayor de San Salvador de Bayamo, la matriz que recogía la vida civil y espiritual de generaciones de bayameses.
«De la generación anterior a 1869 no existe nada, es muy difícil encontrar información fidedigna», reconoce el máster en Ciencias Ludín Bernardo Fonseca García, historiador de Bayamo, quien investigó el caso, al explicar cómo el fuego convirtió a Perucho en un hombre con varias fechas de nacimiento y ninguna certeza.
«Ese vacío documental abrió la puerta a la tradición oral, a testimonios tardíos y a la repetición casi mecánica de una fecha que se impuso por costumbre: 29 de julio de 1820, atribuida al amigo de infancia de Perucho, Fernando Figueredo Socarrás, en una conferencia ante la Academia de la Historia».
Durante décadas, la historiografía cubana reprodujo esta fecha, confiada, como quien copia una partitura de oído, sin revisar la original.
LA MISIÓN
En 2016, mientras Cuba se preparaba para conmemorar el bicentenario de los grandes patriotas bayameses, la historia decidió someterse a examen. La tarea parecía simple: precisar con rigor la fecha de nacimiento de cuatro hombres fundadores del Comité Revolucionario de Bayamo: Carlos Manuel de Céspedes, Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio y Perucho Figueredo Cisneros.
«Para Céspedes y Aguilera, el camino estaba despejado: sus expedientes de limpieza de sangre –esos gruesos cuadernos coloniales en los que debían demostrar no solo su fecha de nacimiento, sino también su genealogía y pureza– reposan en Bayamo, abiertos al investigador contemporáneo.
Fue al llegar a Perucho cuando, según relata el historiador, las dudas comenzaron, pues no existía documento alguno, y en la búsqueda bibliográfica aparecían más de cinco fechas distintas de su natalicio.
EL EXPEDIENTE QUE CAMBIÓ LA HISTORIA
La versión más difundida se debe al amigo de la infancia y Coronel del Ejército Libertador, Fernando Figueredo Socarrás, quien escribiera sobre el acontecimiento: «Las brisas perfumadas de las montañas orientales mecieron su cuna: tal ambiente respirara por vez primera, al lanzar su grito vital, al venir al mundo, Pedro Figueredo Cisneros, el día 29 de julio de 1819».
Por su parte, el historiador Gerardo Castellanos ratifica la primera información cuando refiere: «Julio 29 (Año 1819). Nace en Bayamo el ilustre patricio, general insurrecto y autor del Himno Bayamés, Pedro Figueredo y Cisneros».
Esto lo corrobora el primer Historiador de la Ciudad de Bayamo, Enrique Orlando Lacalle, quien señala que: «Desde el martes, día 29 [de julio de 1819], se encontraba Doña Eulalia Cisneros esperando el advenimiento de aquel vástago a quién de acuerdo con su esposo, Don Ángel de Figueredo y Pabón, le pondrían por nombre: Pedro».
Asimismo, Onoria Céspedes Argote, historiadora que sustituyó a Lacalle en su cargo, confirma los datos anteriores: «1819. El 29 de Julio nace Pedro Figueredo Cisneros en el seno de una rica familia en la Ciudad de Bayamo; sus padres, Ángel Figueredo Pavón y Eulalia Cisneros».
También existen otras versiones que datan su fecha de nacimiento el 18 de febrero de 1818. La clave del enigma llegó con una pregunta sencilla, casi detectivesca: si Céspedes y Aguilera elaboraron expedientes de limpieza de sangre para matricular el bachillerato o la universidad, ¿no habría hecho lo mismo Perucho al matricular en la Real y Pontificia Universidad de La Habana?
«Tras contactar con el Archivo Histórico de la Universidad, la respuesta fue afirmativa: allí estaba su expediente universitario, un expediente muy pequeño, pero con un contenido invaluable. El documento incluía un cuaderno de 26 folios: el Expediente de limpieza de sangre y buena moralidad que, en 1835, las autoridades le exigieron al joven bayamés para concederle el grado de bachiller en Derecho Civil.
«Anexada a ese expediente aparecía la partida de bautismo, firmada por el presbítero sacristán mayor de la parroquial de Bayamo, Miguel Antonio García Ybarra. En ella se lee que Perucho fue bautizado el jueves 12 de marzo de 1818, cuando contaba con 22 días de nacido.
«Al ser 1818 un año no bisiesto, el mes de febrero tuvo 28 días, de modo que, contando hacia atrás, la cifra se fija con precisión: Pedro Felipe Figueredo Cisneros nació el miércoles 18 de febrero de 1818, en Bayamo», precisa Fonseca García.
EL IMPACTO DE UNA FECHA
Podría parecer que la corrección de una fecha es un gesto de relojería menor, pero, en este caso, el calendario se transformó en argumento histórico. Hasta entonces, se asumía que el mayor en edad entre los cuatro patriotas del Comité Revolucionario de Bayamo era Carlos Manuel de Céspedes, seguido de Perucho, Aguilera y Maceo Osorio. Con el nuevo dato, el orden se invierte: Perucho se convierte en el de mayor edad, desplazando a Céspedes en la cronología generacional del grupo.
«La importancia de este descubrimiento radica en que echa por tierra la versión de que Carlos Manuel de Céspedes presidió algunas de las reuniones conspirativas por ser el patriota de mayor edad», señalan las valoraciones posteriores que se han hecho eco del hallazgo.
Ahora se sabe que, en realidad, el más longevo era Perucho, y sin embargo nunca reivindicó esa condición para ocupar la cabecera de la mesa conspirativa. Ese dato irrumpe con especial fuerza cuando se analiza la célebre reunión conspirativa de San Miguel del Rompe, en Las Tunas, el 4 de agosto de 1868.
Allí se definieron dos tendencias: una, encabezada por Céspedes, que defendía el inicio inmediato de la revolución, y otra, más cautelosa, que proponía esperar condiciones más favorables.
En ese encuentro –germen directo del 10 de Octubre– se acuerda que la presidencia de la junta recaiga en el de mayor edad, y se elige a Céspedes.
La pregunta que hoy se hacen los historiadores es la misma que plantea el entrevistado: si Céspedes, Aguilera y Maceo Osorio sabían que Perucho era mayor, ¿por qué nadie lo dijo? ¿Por qué se silenció ese detalle decisivo justo cuando se definía quién presidiría la reunión? ¿Por qué Perucho no dijo nada?
La respuesta que ofrece el historiador Ludín Fonseca se apoya en la lectura ética de la personalidad de Perucho. Él ve en ese silencio un gesto consciente, una renuncia voluntaria de quien está dispuesto a ceder protagonismo para que prevalezcan las ideas en las que cree.
Esta postura se demuestra también en sus palabras de adhesión a Céspedes en los días iniciales de la Revolución: «Yo me enrolo a Céspedes y con él marcharé a la gloria o al cadalso», afirmó Perucho, cuando muchos dudaban si seguir al futuro Padre de la Patria.
Este hallazgo, más que una mera corrección cronológica, revela un secreto estratégico que ilumina los entresijos de la conspiración independentista, y nos muestra a un hombre capaz de silenciar su propia primogenitura para que la llama de la libertad ardiera más rápido.
Por otro lado, cabe apuntar que las afinidades entre Céspedes y Perucho no eran solo políticas. Los unían, además, vínculos familiares: la hija de Perucho estaba casada con un hijo de Céspedes, de modo que ambos formaban parte de ese entramado de «clanes familiares» bayameses.
El descubrimiento del expediente universitario en La Habana, la partida de bautismo y la demostración cronológica que conduce al 18 de febrero de 1818 han ido penetrando de manera desigual en los manuales, efemérides y discursos oficiales, pero ya no pueden ser ignorados.
Con él, la historia de Cuba tiene un nuevo amanecer señalado en el calendario. Ese día no solo nació un hombre; nació también el símbolo que, con su silencio en San Miguel del Rompe y su voz en la partitura del Himno Nacional, aceleró el reloj de la independencia.