La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano

Granma
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Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.
El entonces Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias no demoró en nombrar al artífice de tan colosal victoria: «La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano, protagonista verdadero de esa epopeya que corresponderá a la historia aquilatar en su más profunda y perdurable trascendencia».
La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano

Mausoleo de El Cacahual, 27 de mayo de 1991. En el sitio histórico que acoge los restos del Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales; de su ayudante, el capitán Panchito Gómez Toro, y de otros patriotas cubanos, la máxima dirección de la Revolución daba la bienvenida oficial a los últimos 500 combatientes internacionalistas procedentes de la República Popular de Angola.

En medio de la solemnidad reinante en la explanada de tantas conmemoraciones patrias, el parte de Raúl a Fidel estremeció a todos los presentes: «A nuestro pueblo y a usted, Comandante en Jefe, informo: ¡la Operación Carlota ha concluido!», proclamó a los cuatro vientos, con su proverbial hidalguía.

En aquellas breves y sentidas palabras resumía lo acontecido durante 15 años y siete meses, una verdadera proeza en la que Cuba se erigió como símbolo de solidaridad a toda prueba, lealtad a los principios, seriedad ante los compromisos contraídos y dignidad sin claudicaciones frente a los enemigos de siempre.

El entonces Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias no demoró en nombrar al artífice de tan colosal victoria: «La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano, protagonista verdadero de esa epopeya que corresponderá a la historia aquilatar en su más profunda y perdurable trascendencia».

Dos días antes, en la noche del 25 de mayo, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz había acudido al Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana, a recibir personalmente al contingente que cerraba con broche de oro la que es considerada una de las más singulares hazañas militares de la historia moderna.

Fiel a la palabra empeñada, Cuba cumplía, cinco semanas antes de la fecha acordada (1ro. de julio de 1991), la Declaración Conjunta suscrita con el Gobierno angolano, que establecía el cronograma en etapas para el regreso gradual a la patria de la importante agrupación de tropas desplegada en ese país hermano.

La misma fuerza que, a golpe de audacia, obligó al ejército sudafricano, principal soporte bélico de la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (Unita), a reconocer la derrota y sentarse definitivamente en la mesa de negociaciones, muchas veces interrumpidas o dilatadas por su arrogancia y prepotencia.

Fruto de los éxitos en el campo de batalla y de las acertadas acciones diplomáticas, el 22 de diciembre de 1988 se firmó también, en Nueva York, el acuerdo entre Cuba, Angola y Sudáfrica, que establecía el 1ro. de abril de 1989 como inicio de la aplicación de la Resolución 435/78 para la independencia de Namibia.

Además de preservar la integridad territorial angolana «desde Cabinda hasta Cunene», y contribuir a la anhelada emancipación del pueblo namibio, la victoria cubana en suelo africano, en palabras de Nelson Mandela, marcó el viraje para librar de una vez por todas al continente, y a Sudáfrica en específico, del azote del apartheid.

Sería este el epílogo de una operación militar de gran envergadura, puesta en marcha a inicios de noviembre de 1975 bajo el código de Operación Carlota, para acudir en auxilio de la naciente República Popular de Angola, amenazada de muerte por fuerzas sudafricanas y otros títeres al servicio del imperialismo.

Trasladados vía aérea y naval, los combatientes cubanos unieron su destino a las aún inexpertas Fuerzas Armadas para la Liberación de Angola (Fapla), para juntos llenarse de gloria en Quifangondo, Cabinda, Ebo y en una elevación, cuyos heroicos defensores decidieron llamar Primer Congreso del Partido.

Luego sucederían los golpes en los frentes Norte, Centro y Sur, las noticias de los mercenarios capturados, los partes de las masacres de las bandas fantoches en su retirada de poblados y ciudades, la desbandada final de las tropas sudafricanas y la firma de un acuerdo que pronto los racistas se encargaron de violar.

Las proezas de aquellos combatientes engendraron un profundo sentimiento de orgullo en el seno de nuestro pueblo, que comenzó a sentir suya cada victoria de los patriotas angolanos en su lucha por consolidar la independencia y preservar la integridad territorial ante las no ocultas apetencias del régimen del apartheid.

Una generación de jóvenes creció en ese ejemplo, nutrido a comienzos de los años 80 del siglo pasado con las páginas de bravura sin par escritas en Sumbe y Cangamba, lo que les permitió seguir muchas veces las huellas de sus padres, como continuidad lógica de una virtud con raíces centenarias en nuestra patria.

Casi a finales de esa década, y tras un periodo de relativa calma en el escenario político-militar angolano, el ambiente comenzó a caldearse nuevamente cuando el nombre de un diminuto enclave en el extremo suroriental del país acaparó la atención de la prensa internacional: Cuito Cuanavale.

Hasta las cercanías de ese recóndito lugar se habían replegado, en total desventaja, varias brigadas de las Fapla, perseguidas por una fuerte agrupación enemiga, cuyo propósito era aprovechar la supremacía alcanzada en ese momento en el terreno militar para imponer sus exigencias en la mesa de negociaciones.

Fue a esas alturas del conflicto cuando el Gobierno angolano, apremiado por las circunstancias, solicitó el apoyo de Cuba para revertir la compleja situación creada y evitar el desastre que se avecinaba, con consecuencias imprevisibles para los destinos de la hermana nación africana.

La respuesta no se hizo esperar: el 15 de noviembre de 1987, las autoridades cubanas acordaron asumir el reto y dar un golpe contundente, para lo cual decidieron, con la anuencia angolana, reforzar el contingente internacionalista con nuevas fuerzas y medios de combate procedentes de la lejana isla del Caribe.

Otra medida sumamente efectiva tuvo que ver con la creación de un comando unificado de todas las fuerzas que actuaban en el sur del país, por lo que angolanos, namibios y cubanos combatirían, a partir de ese momento, bajo una sola dirección y una sola idea operativa en función de la victoria final.

Sobre los primeros especialistas enviados a Cuito Cuanavale recayó la enorme y riesgosa misión de consolidar las posiciones y detener los ímpetus ofensivos de las fuerzas racistas y sus acólitos, que no perdían un minuto de lanzar sus ataques para aniquilar, de una vez, la agrupación de tropas empantanada en la zona.

Solo la valentía y la capacidad de resistencia de los hombres, unidas al arte creativo del mando cubano-angolano, hicieron posible que, no obstante la intensidad y agresividad del hostigamiento, ni uno solo de los efectivos sudafricanos, mucho menos sus ahijados de la Unita, pusieran sus sucias botas en Cuito Cuanavale.

Sin embargo, mientras las embestidas enemigas eran frenadas, unas tras otras, en aquel lejano paraje, la dirección principal de la ofensiva de las fuerzas patrióticas se concentraba en el sudoeste angolano, donde una poderosa fuerza de choque se aprestaba a golpear en lugares verdaderamente estratégicos.

Con esa misión ya estaban en Angola, dueñas de una alta disposición combativa, decenas de unidades enviadas desde Cuba en la Operación XXXI Aniversario de las FAR, refuerzo que elevó a más de 50 000 la cifra de efectivos, equipados con un número significativo de medios blindados y antiaéreos.

El disuasivo militar, al que se sumó el dominio total del aire por nuestra aviación, a la larga cumplió su cometido, cuando en Pretoria se percataron de que no era juego lo que les venía encima: el 30 de agosto de 1988 el ejército sudafricano había abandonado Angola definitivamente.

A la postre, ni Cuito Cuanavale cayó, ni las emboscadas, columnas blindadas y fuego artillero pudieron impedir el avance victorioso del contingente internacionalista por el flanco suroccidental hasta la frontera con Namibia, para coronar así una hazaña que lo cambiaría todo en el cono sur africano.

Para lograrlo, en casi 16 años de colaboración desinteresada, más de 337 000 oficiales y soldados cubanos montaron guardia o pelearon junto a los patriotas angolanos, de los cuales una cifra que rebasó los 2 000 perdieron sus vidas y fueron sepultados con honores militares en la tierra que los vio nacer.

Transcurridos 30 años de la Operación Carlota, queda aún en los buenos cubanos la eterna gratitud hacia los miles de esclavos africanos que siglos atrás fueron enviados a trabajar, y a morir, a una isla que forjó su nacionalidad con la sangre, el sudor, los anhelos y la espiritualidad de aquellos hombres y mujeres. ()

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