En el entonces poblado de Meneses, hoy abrazado por la provincia de Sancti Spíritus, llegó al mundo, un 4 de mayo, Raúl Ferrer Pérez.
Nadie lo sabía todavía, pero aquel niño cargaba en su mirada la vocación de enseñar y en su aliento el germen de un verso insobornable.Fue su abuelo Eufemio quien le abrió la primera ventana a la poesía, ese rumor íntimo que más tarde su profesor de literatura transformaría en destino.
El trato con hombres de letras y el diálogo silencioso con los clásicos universales fueron forjando en Raúl una sensibilidad única, hecha de escuela, pueblo y ternura.Graduado como Maestro Cívico Rural, comenzó a dar clases en septiembre de 1937, en la pequeña escuelita del central Narcisa.
Allí, entre bancos de madera y cuadernos raídos, no solo enseñó: inventó métodos, fundó una pedagogía con alma y descubrió que su poesía crecía mejor entre el rumor de los niños.Combinó entonces la militancia política con la creación artística. En sus versos, vigorosos y humanos, se enlazaban la ideología, el amor y la vida cotidiana del pueblo.
Escribió como quien respira: con la escuela como centro y el corazón como ritmo.Tras 1959, su obra se volvió también acción. Ocupó responsabilidades clave en el Ministerio de Educación, fue figura esencial en la Campaña de Alfabetización y luego en la Dirección de Educación para Adultos.
Llegó a ser Viceministro, pero nunca dejó de ser ese maestro rural de Narcisa.En 1981 partió a la URSS como Consejero Cultural de la embajada cubana. A su regreso, encabezó la Comisión Nacional de Promoción de la Lectura: otra forma de sembrar.
Yaguajay lo nombró Hijo Ilustre el 28 de octubre de 1990. Murió en La Habana, el 12 de enero de 1993, pero su palabra sigue viva —clara, sensible y justa— en cada aula donde alguien enseña con poesía.