Mella, la eterna inquietud

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Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.
Una vez, hablando de un hombre que admiraba, Mella había dicho que poseía la eterna inquietud de aquellos que, sintiendo el fuego sacro de un ideal, saben que tienen la misión divina de arder para dar luz y calor a los humanos, a pesar de hacerlo a costa de su propia existencia. Desconocía que se retrataba, que iluminaría revoluciones, incluso triunfantes, y que su eterna inquietud seguiría barriendo indiferencias casi 120 años después de que viniera al mundo Nicanor Mc Partland.
Mella, la eterna inquietud

«Sopla el mismo agrio viento norte; el vapor partió en la madrugada, a pequeña velocidad, pues casi es huracán el viento que ruge, el viento con quien yo celebré esa inolvidable conferencia en el castillo de proa. A la mar también arengué. ¡Oh, noche sublime!».

Quien escribe así en su diario, con la percepción aguda de lo hermoso que no todas las mentes tienen, es apenas un joven de 17 años, en su primer viaje a México. Un joven obsesionado por la gloria y el poder de la voluntad, que se debate entre el amor, la vocación militar, la literatura… y en el que la inquietud por la justicia social, la verdadera libertad de Cuba y el destino americano se posicionan cada vez más al centro de los desvelos.

Ni siquiera una década más vivirá Julio Antonio Mella. Apenas 25 años mediaron entre su nacimiento el 25 de marzo de 1903 y el asesinato por orden del dictador Machado en ese mismo México; pero ya para entonces Julio Antonio era un revolucionario deslumbrante, con un pensamiento ajeno a todos los moldes, que incomodaba a los enemigos y también a quienes, militando a su lado, no podían entender sus actitudes y planteamientos rebeldes, antidogmáticos, siempre a la izquierda de la izquierda.

Julio Antonio, él mismo parte de «esa juventud única que plasma con ardor incansablemente el futuro del mundo», despreciaba a los «jóvenes viejos», que aceptaban el inmovilismo y la corrupción. Su afán renovador se conectaba con la universidad, con Cuba, con el mundo.

Comunista convencido, estaba seguro de que «no hay ideal más alto que la emancipación de los proletarios por la cultura y por la acción revolucionaria» y predicaba que «el ideal de Bolívar debe ser nuestra aspiración, el de Monroe es nuestra muerte».

Un coetáneo suyo escribió que reunía en sí todos los elementos constitutivos del apóstol. De no haber escogido la lucha social, no le hubiese faltado la estabilidad económica; le sobraban cultura y belleza física; pero aquella fiebre aventurera de la primera juventud no se le apagó nunca y creció en él transformada en militante antimperialismo, en herejía revolucionaria. Ni cuando no fue comprendido decayó en él la disposición, luego cumplida, de morir por la Revolución.

Una vez, hablando de un hombre que admiraba, Mella había dicho que poseía la eterna inquietud de aquellos que, sintiendo el fuego sacro de un ideal, saben que tienen la misión divina de arder para dar luz y calor a los humanos, a pesar de hacerlo a costa de su propia existencia. Desconocía que se retrataba, que iluminaría revoluciones, incluso triunfantes, y que su eterna inquietud seguiría barriendo indiferencias casi 120 años después de que viniera al mundo Nicanor Mc Partland. ()

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