Septiembre marcó su desaparición física. Cayamba y su voz

Septiembre marcó su desaparición física. Cayamba y su voz

Santiago de Cuba, 16 sep.— Septiembre de 1991 marcó un momento único para la cultura cubana. La desaparición física del artista con la voz más rara de Cuba, Cayamba para el mundo… Vale por esta memoria septiembrina.

Tal vez un día exista un espacio en la Fiesta del Fuego para evocar a grandes artistas desaparecidos y que año tras año, mientras tenían vida, estuvieron presentes en el jolgorio caribeño de principios de julio en esta ciudad.

Y hoy rememoro a Cayamba, personaje baracoeso que hizo de su vida un libro de música, tradiciones y folclore. Estoy escribiendo un réquiem para Oscar Moreno González, quien desapareció físicamente el 7 de septiembre de 1991, año que también paseó por las calles santiagueras durante el Festival del Caribe.

Le encantaba andar por el centro citadino, cerca de la Casa de la Trova y por la calle Aguilera; era tan fuerte su estampa, que siempre lo rodeaban transeúntes y admiradores. Con una filosofía natural, se sonreía y decía campechano, sus refranes y pensamientos, surgidos o aprendidos a lo largo de la vida. Murió a los 67 años de edad, en pleno apogeo de su popularidad; ese día la guitarra y hechizante voz callaron para siempre.

Lo cubano-caribeño lo asumía de corazón, desprendía el aire de su tierra cimarrona, de los montes y ríos caudalosos, del mar fuerte y costumbres ancestrales. Mulato con su sonrisa ancha, identificado por el sombrero alón, collares excéntricos y su guitarra escrita con las ”cayambadas”. Le nombraban el cantante de la voz más fea del mundo, y así lo repetía en cada uno de sus desempeños.

De los tesoros valiosos, sus guitarras, no se desprendía nunca; todas escritas con reflexiones propias o las que les impactaron. Algunas las

guardo como trofeo periodístico: “La verdadera amistad es tesoro fabuloso, preciosa fortuna de valor incalculable; jamás conocerás el verdadero amor, quien no haya aprendido el abecedario del querer a su madre; a mi si quieres tírame piedras, a mi madre dale un pedazo de pan o una pucha de flores; mentirosos y embusteros son iguales que el reloj, que nos mintió por primera vez; a veces nos puedes decir la verdad, pero siempre nos quedará la duda…”

Un cronista del diario Juventud Rebelde lo describió de una manera magistral durante una visita del inolvidable baracoense a la capital cubana:

“Fue durante el IV Festival y Concurso Internacional de Guitarra de La Habana. Era invitado especial, tendría que actuar en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, su primera presentación en un teatro de verdad, a lleno completo. Desde mi butaca de espectador, al salir de entre bastidores lo vi más hermoso, más imponente, más seguro de sí. Sentí entonces un orgullo hondo, hasta donde el Toa no alcanza en sus aguas. Venía como de costumbre lleno de polimitas, de sombrero y de esa ingenuidad lejana como nuestra Baracoa. En su mano segura, la de los acordes, traía la guitarra vieja, tan cargada de embrujos y amor como él mismo. Entonces, pasó lo que pasó. Una luz fuerte, penetrante, impertinente, quiso alcanzarle el rostro. Imponiéndose a la atrevida, sacó la única mano disponible para evitar la ofensa. Entonces, pasó lo que pasó: un público capitalino soltó la carcajada más estridente escuchada en teatro alguno. Pero, como siempre, inmutable, ahora sin percatarse de lo sucedido, siguió hasta la meta con toda la serenidad de sus años y todavía evitando con aquella abarcadora mano la impertinente luz. Ya sentado, comenzó despacio en su voz grave, una defensa que aún siento cerca: «Yo vengo de allá lejos, de un lugar lleno de verde, de aguas y montañas; traigo el ritmo y la cadencia de las polimitas, caracoles ingenuos, bellos y útiles al hombre. Sus colores son los del Caribe y con ellas traigo también un mensaje de paz, porque así es Baracoa, así es su naturaleza, así son sus hombres. Traigo, además, el eco de la presencia de José Martí que al llegar un día a mi tierra conmovido dijo: “La noche bella no deja dormir”.

En mi perplejidad, vi a un auditorio sabio levantarse de sus butacas para entregar la ovación más fuerte ofrecida a un artista. Luego, ya dueño de aquel primer teatro, vinieron las canciones, la guitarra regalada por el maestro Leo Brouwer y esos divertimentos que ocurren en un espectáculo.”

Esta crónica titulada “Mariscal de guitarra” fue premio del concurso Enrique Núñez Rodríguez en 2009.

El bardo auténtico, imagen y semejanza de su Baracoa, permanece ahora a la vista pública, inmortalizado. La escultura erigida en el paseo peatonal de la ciudad primada de Cuba muestra al trovador sonriente, con la mirada hacia a Casa de la Trova, donde tanto cantó y rasgó su guitarra al mismo tiempo que imponía “la voz más fea del mundo”, como él mismo se auto titulaba.

Cuentan quienes más conocieron a Oscar Montero González que el apelativo de Cayamba se lo adjudicó por la figura de un muñeco articulado que en la sastrería “Casa de los Recuerdos”, de la ciudad de Baracoa, atraía y gustaba a todos sus habitantes

Cuando el notorio cantautor Pablo Milanés lo conoció dijo de él: “Nosotros no sospechábamos que en Cuba existiera un señor que le dicen Cayamba, en Baracoa, es un genio de la trova tradicional, nos dejó totalmente impresionado porque en su música hace una mezcla de jazz blue, feeling, bolero y trova tradicional que no se da en ningún trovador cubano…”

Hoy se perpetúa su obra y su silueta recorriendo la memoria de toda Cuba y en particular, cada julio, durante “el caribeño”, con el olor del terruño que amó entrañablemente, de sus amores y del canto acompañado por las guitarras legendarias…

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