Con su andar señorial, Enrique Bonne en Santiago de Cuba

Con su andar señorial, Enrique Bonne en Santiago de Cuba

Santiago de Cuba, 25 sep.— Enrique Bonne con su vida y obra es un homenaje para Santiago de Cuba. Este hombre todo carisma, es toda una personalidad de la cultura cubana.

En su residencia del reparto Sueño. Siempre se le ve con su penca criolla de yarey que rememora el caminar despacio en calles y avenidas, en el tiempo de carnaval, cuando presidía la comisión organizadora de la fiesta mayor de la ciudad, y también ¿por qué no?, frente a sus tambores, agrupación que suena con la cubanía-muestra de su fundador.

Con su andar parsimonioso, hombre callado, que lleva el ritmo cubano en la sangre, ama a su terruño de forma íntima y afirma que nació en una de las intersecciones más populares del poblado santiaguero de San Luis, en la calle Céspedes, casi esquina a Calixto García, y la fecha marcaba el 15 de junio de 1926. Su madre, Engracia Castillo Griñán, era graduada del Conservatorio Orbón y representante de este en San Luis y Palma Soriano, y así el niño se movió desde temprano en una atmósfera musical. Su padre era trabajador azucarero y la familia se trasladaba constantemente en busca de mejores condiciones, hasta radicarse finalmente en Santiago de Cuba en 1947.

Inició su carrera como autor musical en 1950 y en 1951 se hace la primera grabación de su música con el chachachá “Italian Boy” por René del Mar y su conjunto, de Santiago de Cuba y la Orquesta Hermanos Castro de La Habana. Luego viene el “chachachá de la Reina” interpretado por pacho Alonso, inicio de un binomio artístico, que funcionó hasta la muerte del también famoso cantante santiaguero, quien distinguió la autoría de Bonne.

De esta manera se deja anotado en la historia: La alianza Bonne-Alonso constituye todo un capítulo en el arte musical cubano. Una química especial funcionó entre autor e intérprete, una polea transmisora permanente. Uno tuvo la capacidad de sintetizar la idiosincrasia cubana y trascenderla, de escoger al intérprete más carismático. El otro, supo respirar el aliento contenido en aquellas formas expresivas y proyectarlo hacia la fama. Nunca hubo servidumbre. Fue una recíproca alimentación, una confianza profesional que alimentó una misma llama.

Y la añoranza del pilón no puede faltar, ritmo que la juventud de los años 60, bailaba hasta el cansancio, se lo debemos a él. Cubanísimo, ganó la preferencia de los bailadores. Escribió sobre este acontecimiento el periodista Reynaldo Cedeño que bajaba y subía el madero, chocaba contra el tronco. Los granos de café iban soltando la melaza. Volvían en renuevo el proceso, las manos se juntaban, la cintura se arqueaba. Tres golpes primero, luego dos. En San Antonio del Piloto, Mayarí, serranía del Oriente de Cuba, se reiteraba la escena. Enrique Bonne, mente siempre alerta, captó los sonidos en el aire, interpretó su atmósfera, trazó el andamiaje musical y los hizo trascender al pentagrama. Surgía el ritmo pilón…

“No quiero piedra en mi camino, Que me digan feo, A cualquiera se le muere un tío, Pepe cabecita, Billy the kid, Si me faltara el carnaval y Yo no me lo robé vigilante”, están en la memoria de joyas del arte cubano y sus boleros marcan pautas, entre tantos títulos, se diferencian “Quiero a alguien como tú, Poco a poco, Perdone usted, Raro poder, Dame la mano y caminemos”.

“Enrique Bonne y sus tambores”, es reconocido en conciertos en varias provincias del país y en actuaciones en los carnavales de Guantánamo Santiago de Cuba, San Luis, Holguín, Banes, Camagüey, Santa Clara, Varadero (por 11 años) y La Habana…

En su trayectoria ha recibido numerosas condecoraciones entre las que se encuentran la Distinción por la Cultura Nacional, las medallas Jesús Menéndez de la CTC y Alejo Carpentier, las placas José María Heredia, Unidad de Oriente, ICRT y el Sello de Laureado. Es Miembro de Mérito de la UNEAC y ha sido, en varias ocasiones, jurado de los concursos de música popular Adolfo Guzmán y Eduardo Saborit.

Y con sus 92 años, el maestro se asume en el acervo santiaguero, ni más ni menos, es patriarca amado de toda Cuba. Sus huellas se divisan en cada sitio de la ciudad protagonista de páginas imperecederas que entran sin lugar a dudas en la historia de los boleros de Oro. Bonne, como testimonio de estos andares, bien lo dice cuando recalca “dame la mano y caminemos”… suenan las campanas de la iglesia, y usted volverá a pasar…”

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